Introducción
Cualquier persona que siga de cerca la actualidad tecnológica se topó, en los últimos años, con una sucesión de titulares que combinan dos mundos que hasta hace poco parecían distantes: la geopolítica y la arquitectura de los microprocesadores. Restricciones a la exportación de chips, acusaciones de contrabando por miles de millones de dólares, modelos de código abierto chinos que sorprenden al mercado, aranceles condicionados a licencias de exportación. Para quien se dedica a la docencia o a la gestión académica, y no necesariamente al análisis geopolítico, puede resultar tentador tratar este tema como ruido de fondo, ajeno al aula. Es un error. La disputa entre Estados Unidos y China por el liderazgo en inteligencia artificial no es solo una noticia de la sección de economía: está determinando, de manera directa, qué herramientas de IA van a estar disponibles, a qué costo, y bajo qué condiciones, para universidades, investigadores y profesionales de cualquier parte del mundo, incluida América Latina.
Trataremos de ofrecer un mapa razonablemente claro de por qué esta disputa existe, cómo se está desarrollando y qué implicancias tiene para quienes trabajamos, enseñamos o investigamos con estas herramientas.
El corazón del conflicto: por qué los chips son el campo de batalla
Para entender la disputa hay que entender primero por qué el chip —y no solamente el modelo de IA— se volvió el recurso estratégico central. Entrenar y ejecutar los modelos de IA más avanzados requiere una capacidad de cómputo extraordinaria, y esa capacidad depende de semiconductores de última generación, en particular las GPU (unidades de procesamiento gráfico) diseñadas para cargas de entrenamiento masivo. La fabricación de estos chips más avanzados está concentrada en muy pocos actores globales: el diseño lo lidera fundamentalmente Nvidia, pero la fabricación física de los chips más sofisticados depende en gran medida de una única empresa, TSMC, en Taiwán, que a su vez depende de máquinas de litografía extrema ultravioleta producidas casi en exclusiva por la neerlandesa ASML.
Esta concentración extrema convierte a los chips avanzados en un recurso con características más parecidas a las del petróleo en el siglo XX que a las de un componente electrónico más. Quien controla el acceso a esa capacidad de cómputo condiciona, en los hechos, quién puede desarrollar los modelos de IA más potentes del mundo. Desde esa lógica, Estados Unidos comenzó, a partir de 2018 y con endurecimientos sucesivos desde 2022, a imponer controles cada vez más estrictos sobre la exportación de chips avanzados y de las herramientas necesarias para fabricarlos hacia China, buscando frenar el desarrollo de capacidades de IA que Washington considera de doble uso: civil y militar.
Una disputa que no se detiene, se reconfigura
Lejos de estabilizarse, la política de controles de exportación de tecnologías críticas viene atravesando ajustes constantes. Las restricciones más severas, consolidadas mediante las actualizaciones de la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) de EE. UU. entre 2023 y el cierre de la administración de Joe Biden en el inicio de 2025, estructuraron el mapa global en un sistema de destinos por niveles. Este esquema otorga a los aliados cercanos un acceso prácticamente sin restricciones, mientras bloquea de forma estricta las exportaciones de semiconductores de vanguardia y herramientas de supercómputo a adversarios estratégicos como China, Rusia, Irán y Corea del Norte. La medida generó profundas fricciones globales: el Ministerio de Comercio chino la calificó reiteradamente como una violación de las reglas económicas internacionales; empresas como Nvidia advirtieron sobre el impacto severo en su competitividad global; y la Unión Europea —particularmente el gobierno de los Países Bajos— expresó su disconformidad ante la presión unilateral de Washington para aplicar estas restricciones de forma extraterritorial a sus propias industrias.
La dinámica política continuó mutando durante 2026. A comienzos de año, legisladores en Washington impulsaron un endurecimiento aún mayor, buscando bloquear no solo los chips terminados, sino la totalidad de las herramientas y el software de fabricación de semiconductores, lo que impactó directamente en los planes de corporaciones clave del ecosistema global como ASML, Applied Materials, Lam Research y Tokyo Electron. Sin embargo, hacia mediados de 2026, el escenario ha sumado nuevos matices: ante la intensa presión de los mercados financieros y los lobbistas del sector tecnológico, el debate político estadounidense ha comenzado a virar hacia un enfoque de «patio pequeño y cerca alta» (small yard, high fence). Esto implica concentrar las prohibiciones absolutas estrictamente en los chips de IA de frontera, mientras se evalúan esquemas de licencias condicionadas para tecnologías intermedias, demostrando que la política no avanza de forma lineal, sino que se calibra constantemente frente a las realidades económicas globales.
La respuesta china: autosuficiencia como estrategia
Del otro lado, la estrategia de Pekín frente a las restricciones se organizó en dos frentes simultáneos: por un lado, un esfuerzo sostenido por desarrollar capacidad propia de diseño y fabricación de chips avanzados, con actores como Huawei y SMIC a la cabeza; por otro, la ampliación de la producción de chips de gama media para satisfacer la demanda interna sin depender de importaciones. Los resultados de ese esfuerzo son mixtos: los chips más avanzados producidos localmente todavía muestran limitaciones de calidad y rendimiento respecto de los productos de punta de Nvidia, aunque la brecha se viene achicando de manera constante.
Donde China avanzó de manera más notoria fue en el desarrollo de modelos de IA de código abierto competitivos, entrenados mayoritariamente sobre infraestructura de cómputo no china, dado que solo una fracción menor de los modelos chinos más relevantes fue entrenada exclusivamente con chips domésticos. Este dato es revelador: incluso con una estrategia de autosuficiencia declarada como prioridad nacional, la dependencia de infraestructura extranjera sigue siendo, por ahora, difícil de eludir por completo.
Por qué esto no es solo un asunto entre dos potencias
Es tentador leer esta disputa como un conflicto bilateral que afecta, en todo caso, a las relaciones comerciales entre Washington y Pekín. Pero la estructura de «niveles de acceso» que Estados Unidos viene consolidando (aliados con acceso amplio, países intermedios con cupos limitados, adversarios sin acceso) coloca a buena parte del mundo, incluida América Latina, en una posición de dependencia respecto de decisiones tomadas en Washington y, en menor medida, en Pekín. Las universidades, los sistemas de salud y las administraciones públicas de la región no fabrican chips ni entrenan los modelos de frontera; consumen infraestructura y servicios de IA diseñados y alojados, en su gran mayoría, en Estados Unidos o China.
Esto tiene implicancias concretas y poco discutidas en el ámbito educativo: la disponibilidad, el costo y hasta las condiciones de uso de las herramientas de IA que una universidad latinoamericana puede incorporar a su docencia o investigación no dependen únicamente de decisiones institucionales locales, sino de un tablero geopolítico en el que la región no tiene, hoy, un asiento propio. Comprender ese contexto no es un ejercicio de erudición geopolítica desconectado de la práctica: es parte de la alfabetización crítica que cualquier institución educativa necesita para tomar decisiones informadas sobre qué herramientas adoptar, de qué proveedores depender y qué riesgos de continuidad asumir.
Una tensión en aumento
Lejos de los discursos sobre la seguridad y la soberanía, la batalla por la IA es un juego de suma cero. Washington opera bajo la premisa de que permitir el avance tecnológico de China equivale a financiar su propio declive geopolítico, utilizando las sanciones para forzar un retraso artificial en la capacidad computacional de Pekín. Para el gobierno Chino, la autosuficiencia tecnológica no es una aspiración de desarrollo, sino una necesidad existencial: saben que cualquier dependencia estructural de la cadena de suministro occidental es una vulnerabilidad crítica que Washington no dudará en explotar en un eventual conflicto por Taiwán o la supremacía regional. Ambas posturas tienen su lógica interna, y probablemente convivirán en tensión durante los próximos años, con avances y retrocesos que seguirán la lógica de vaivén que ya mostraron el bienio 2025-2026: endurecimiento, reacción, ajuste comercial, y vuelta a empezar.
Lo que sí puede afirmarse con más certeza es que esta tensión no va a resolverse pronto, y que sus efectos en el costo del cómputo, en la disponibilidad de determinados modelos, en las condiciones de acceso para instituciones fuera de las dos potencias, van a seguir moldeando, de manera silenciosa pero persistente, el terreno sobre el cual se construye la formación en IA en cualquier parte del mundo.
Resumen
- La disputa entre Estados Unidos y China por la IA se concentra, en gran medida, en el control del acceso a chips avanzados y a las herramientas necesarias para fabricarlos.
- La política de controles de exportación estadounidense viene atravesando ajustes constantes desde 2025, alternando endurecimiento y esquemas de acceso condicionado.
- China respondió con una estrategia de autosuficiencia en semiconductores, con resultados todavía desiguales, mientras avanza con fuerza en el desarrollo de modelos de IA de código abierto.
- Esta disputa no es un asunto bilateral aislado: condiciona el acceso, el costo y la disponibilidad de herramientas de IA para instituciones de todo el mundo, incluida América Latina.
- Comprender este contexto geopolítico es parte de la alfabetización crítica necesaria para tomar decisiones institucionales informadas sobre adopción de tecnología.
Nota: este artículo describe un panorama en movimiento constante; las condiciones de acceso y las normativas mencionadas pueden variar en las próximas semanas.
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